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Nicolás Salmerón, el presidente que se negó a matar

Estamos acostumbrados a leer y estudiar la historia en las escuelas por grandes fascículos, en los que en breves párrafos resumimos lustros de acontecimientos y en los que pequeñas frases sintetizan las hazañas de miles y miles de personas, pero solo unos pocos nombres sobreviven al olvido.

En la turbulenta historia de España del siglo XIX son innumerables los acontecimientos y conflictos que sacudieron nuestra historia, es precisamente por ello por lo que pequeñas gestas suelen pasar desapercibidas, pero por suerte el desconocimiento no quita la fascinación que pueden producir.

Nicolás Salmerón es una de esas figuras de las que antes hablábamos, un almeriense, hijo de médico y huérfano de madre en su tierna infancia, que se formó en múltiples disciplinas por todo lo ancho y largo de la geografía peninsular, interesándose por la política y la difusión de las ideas liberales, colaborando con los diarios «La Discusión» y «La Democracia«, algo que en aquellos convulsos tiempos de represión monárquica le llevo a compartir destino entre rejas con Pi y Margall.

Tras la Revolución de 1869 Salmerón fue escalado en importancia dentro de la vida política del momento hasta que en 1871 fue elegido diputado en las Cortes Generales, donde defendió sus ideas republicanas, unionistas y los derechos de los obreros.

Pero el momento decisivo de la vida de Salmerón llegó cuando llegada la Primera República y tras la dimisión de Pi y Margall las Cortes Constituyentes lo nombraron Presidente, justo en mitad de una de las mas convulsivas etapas de la historia de España, la situación a la que se enfrentaba era especialmente crítica, los cantones de Sevilla, Valencia, Cartagena, Cádiz, etc, aún se encontraban el rebeldía contra el gobierno, pero El Presidente Salmerón supo lidiar con la situación y pronto fueron vencidos, devolviendo al país a una situación de mayor estabilidad.

El acontecimiento más trascendente de la vida de Salmerón ocurrió el 7 de septiembre de ese mismo año, cuando Salmerón presentaba la dimisión alegando problemas de conciencia y su negativa a firmar las condenas a muerte de unos militares que habían sido juzgados por colaborar con los cantonalistas.

A Salmerón, a parte de su ética, se le pueden atribuir directamente en sus acciones algunos de los mayores logros de la Primera República: Como ministro había decretado la separación entre la Iglesia y el Estado, la inamovilidad de los funcionarios públicos e inició una reforma penitenciaria basada en la reinserción y como Presidente resolvió las sublevaciones cantonales y recompuso la autoridad central y la organización del ejercito.

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